miércoles, 4 de noviembre de 2009

Por fin éramos felices.

Llegamos al aeropuerto de Buenos Aires y María se acordó de que en Caminito, en la única casa morada vivía una señora que se llamaba Rosario y que tenía una hija de mi edad y que además había invitado a María cuando fuese a Argentina, así que decidimos ir.
Cogimos un taxi que nos llevó a Caminito, un barrio precioso y muy colorido, después de estar un rato caminando encontramos la casa morada. María llamó al timbre, nos abrió la señora y como conocía a María nos dejó entrar. Nos presentó a su hija Sol que era muy guapa y divertida, cuando nos propuso quedarnos alojadas en su casa sin nosotras haber dicho nada, aceptamos y le prometimos que le devolveríamos el favor de alguna forma. La casa estaba bien aunque un poco pobre de muebles debían tener poco dinero, dormiríamos en la habitación de Sol, la verdad es que para las comodidades a las que estaba acostumbrada, no era precisamente una maravilla, pero era aceptable. Estuvimos con Sol y nos dijo que le encantaba “Por poco ángeles” y que le fastidiaba no tener dinero para ir a verles al teatro Gran Rex, comimos unas galletitas y Sol se tuvo que ir porque había quedado con una amiga. María y yo decidimos ir a conocer el Gran Rex, fuimos andando, tardamos muchísimo y tuvimos que llamar para decir que no íbamos a cenar. Cuando llegamos al Gran Rex, vimos que la taquilla todavía estaba abierta y sacamos tres entradas en primera fila para “Por poco ángeles”, después paseamos un poco y encontramos un puesto de perritos clientes, era bastante agradable y aunque hacía frío y no teníamos ropa de abrigo cenamos muy bien. Cogimos un taxi para volver.
Al llegar a la casa la señora nos dijo que Sol ya estaba dormida porque al día siguiente ella tenía colegio, entonces decidimos que al día siguiente nos despertaríamos pronto para darle la sorpresa a Sol. Después de llegar a esa conclusión nos metimos en la cama para dormirnos. Por fin éramos felices.

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